Método de oración según Juan Bautista de la Salle

Método de oración según Juan Bautista de la Salle

Preparación remota

l. Deseo de perfección: Necesitamos tener un íntimo y explícito deseo de beneficiarnos de los Misterios, de recibir el espíritu, la gracia y el fruto que Nuestro Señor mismo desea que recibamos.

2. Mortificación.

3. Hábito de recogimiento.

Preparación próxima

1. Lectura espiritual.

2. Selección de puntos (la tarde anterior).

3. Actitud recogida (desde la noche anterior hasta el momento de la oración del día siguiente).

4. Pensar en la materia de la oración antes de acostarse.

5. Recordar el asunto sobre el que habrá de hacerse oración, proponiéndose hacerla bien al despertar.

Preparación inmediata

I. Presencia de Dios

Recogimiento o preparación del alma para la oración mediante sentimientos de fe basados en pasajes de la Sagrada Escritura, retirando completamente el espíritu de la aplicación a las cosas exteriores y sensibles, aplicándose a las espirituales e interiores por la presencia de Dios.

Se ofrecen tres modos distintos de dos ejercicios cada uno. En cada paso se puede detener —el incipiente— con discursos y reflexiones múltiples; —el proficiente— con reflexiones poco frecuentes pero prolongadas; o por simple atención —el maduro—.

A las consideraciones siguen frutos prácticos y afectos. Las reflexiones sólo deben referirse a un modo de presencia de Dios en cada oración; no se deben mezclar inoportunamente.

1. Considerar a Dios presente en el lugar en que uno está:

a. Porque está en todas partes.

b. Porque está en donde están dos o más personas reunidas en su nombre.

2. Considerar a Dios presente en uno mismo:

a. Como estando en nosotros para hacernos subsistir, pues en El vivimos, nos movemos y existimos.

b. Como estando en nosotros por su gracia y por su Espíritu.

3. Considerar a Dios presente en la iglesia (templo):

a. Porque la iglesia es la casa de Dios.

b. Porque Cristo Nuestro Señor está realmente presente en el Santísimo Sacramento.

II. Primera parte o actos

Abriendo el espíritu a la presencia de Dios, se realizan los actos. Se ofrecen tres series de tres actos cada una. Se pueden hacer los nueve actos completos, o brevemente, o simplificados en un solo acto. Siempre con referencia escriturística precedente.

1. Actos que se refieren a Dios

a. Acto de fe y reflexión. Se realiza el acto de fe en concordancia con el modo y el ejercicio de la presencia de Dios efectuado. Así, por ejemplo, «acto de fe sobre la presencia de Dios, considerándolo presente en el lugar en que nos hallamos, por estar Dios en todas partes». Para la consideración del acto se toma una cita escriturística alusiva, como puede ser el siguiente pasaje del Salmo 139 (138): «¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro» (vv. 7-8). Luego sigue una reflexión sobre la materia del acto de fe.

b. Acto de adoración de Dios, Creador y Soberano.

c. Acto de acción de gracias por las bondades de Dios.

2. Actos que se refieren a nosotros mismos

a. Acto de humildad por la propia nada e indignidad.

b. Acto de confusión por haber pecado mucho.

c. Acto de contrición por los propios pecados.

3. Actos que se refieren a Nuestro Señor Jesús

a. Acto de ruego para la aplicación de los méritos de la Pasión de Nuestro Señor a los frutos de la meditación.

b. Acto de unión con Nuestro Señor «en sus disposiciones internas cuando El hacía oración», rogándole presente nuestra oración y nuestras necesidades al Padre, como cosa suya.

c. Acto de invocación al Espíritu de Nuestro Señor, para que guíe nuestra oración, renunciando a nuestros propios juicios y pensamientos.

Cuerpo de la oración

1. Actitud ante la materia. Manteniendo en la conciencia la realidad de la presencia de Dios, se inicia la aplicación, «poniendo la mente en aquello que enseña el Evangelio o propone la Iglesia» cuando se trata de un misterio. Se trata de buscar profundizar en el Espíritu del misterio, en el ejemplo de virtud o disposición que en él brilla, o en una máxima, mediante una simple mirada de fe en aquello que creemos porque la Iglesia lo enseña, o con reflexiones en torno al misterio, o a los puntos que tratan de él, permaneciendo siempre en una actitud de reverencia, de respeto interior.

Ante un misterio es necesario aprovechar interiormente la meditación del mismo, recibiendo su espíritu. Cada uno de los misterios tiene un espíritu que le es propio y particular. Cada uno revela ciertas virtudes ejemplares de Jesucristo. Por ejemplo: el espíritu del misterio de la Encarnación es la caridad; el del Nacimiento es la infancia, el de la Transfiguración es el espíritu de oración y meditación.

Ante una virtud o una máxima, debemos penetrarnos interiormente de su necesidad o utilidad, ya sea por medio de un sentimiento de fe, haciendo memoria de un pasaje de la Escritura, o con algunas reflexiones que ayuden a convencer de la necesidad de su práctica, tratando de ahondar en lo que dice la Escritura, fundándose así en la fe.

Cuando se trata del grado de simple atención se da un mantenerse en la presencia de Jesucristo, quien enseña esa virtud, permaneciendo con un sentimiento de adoración, sin discurso ni raciocinio, con atención simple, respetuosa y afectuosa.

2. Actos aplicados a la materia de la meditación. No es indispensable hacerlos todos en cada ocasión. Se pueden seleccionar algunos preferentemente.

A. Actos que se refieren a Nuestro Señor

a. Acto de fe en el misterio, virtud o máxima practicada o enseñada por Nuestro Señor. Es conveniente que sea algo extendido hasta compenetrarse con el espíritu de lo meditado. Tienen lugar los piadosos afectos y conclusiones prácticas. Los incipientes se pueden entregar a reflexiones múltiples; los proficientes a reflexiones poco frecuentes, pero prolongadas; los maduros a la simple atención. En cada caso puede traerse un pasaje de la Escritura que enseñe o se aplique a lo meditado.

b. Acto de adoración a Nuestro Señor en la realidad del misterio, en cuanto practica o enseña la virtud o máxima.

c. Acto de acción de gracias a Nuestro Señor, por el amor con que operó el misterio, practicó y enseñó la virtud o la máxima.

B. Actos que se refieren a nosotros

a. Acto de confusión por no haber procurado como debía tomar el espíritu del misterio, o por no practicar la virtud o la máxima. Se puede recordar las principales ocasiones en que se ha faltado.

b. Acto de contrición por la culpa cometida en contraste con el espíritu del misterio considerado, proponiendo un firme propósito de enmienda.

c. Acto de propia aplicación del espíritu del misterio, virtud o máxima, considerando ante Dios la gran necesidad que se tiene de asumir el espíritu del misterio, o de la máxima, y de practicar la virtud considerada.

Resolución actual, concreta y eficaz. Se trata de poner los medios propios y particulares para conducirse según el espíritu del misterio.

C. Otros actos

a. Acto de unión adhiriéndose interiormente al espíritu con que Nuestro Señor vivió la realidad meditada, y a las disposiciones interiores que El tuvo, pidiéndole que nos haga partícipes de ese espíritu y de esas disposiciones, suplicando nos conceda entrar en el espíritu del misterio y practicar las virtudes que enseña.

b. Acto de petición al Padre, de súplica para poder vivir con espíritu de fe aquello meditado, y las gracias que Nuestro Señor nos ha merecido.

c. Acto de invocación a los santos de nuestra devoción, o a aquellos que fueron parte de lo contemplado en la meditación. Invocando con preferencia a la Santísima Virgen, por ser nuestra Madre, a San José, al Angel Custodio y a los Santos Patronos del Bautismo y la Confirmación.

Conclusión

1. Examen del desarrollo de la oración realizada, de cómo se ha procedido y de lo que se ha hecho en ella.

2. Confirmar resoluciones. Si no se hubiesen tomado, debe hacerse en este momento.

3. Acción de gracias por las luces y gracias recibidas.

4. Ofrecimiento de la oración realizada y de la resolución y actitudes.

5. Invocación a la Santísima Virgen poniendo bajo su protección lo resuelto, y cuanto se ha hecho, para que se lo ofrezca a su Divino Hijo.

6. Rezar: «Bajo tu amparo…»

Después de la oración

1. Conservar en la memoria algunos buenos pensamientos de la oración mental de la mañana, para alimentar, de cuando en cuando, el espíritu durante el día.

2. Procurar hacer todas las acciones y obras con espíritu de oración.

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